EL   HERMANO   MASON   SIMON   BOLIVAR

Parecía un latinoamericano de tantos:  bajo, delgado, de tez morena, de ojos oscuros y vivaces, de agradable conversación y apasionado por el baile. Pero ciertamente era distinto a la mayoría. Tras su apariencia de hombre común había un ser de inteligencia superior y voluntad excepcional, que había llegado a recoger y conjugar en su alma todos los sentimientos de su nación y las mejores ideas de su tiempo. Un hombre que había puesto su esfuerzo y sus múltiples talentos al servicio de la más noble causa de cualquier época: la independencia de los pueblos y la libertad de los hombres.

Los retratos y descripciones oficiales lo pintan casi siempre como no fue en realidad: alto, blanco, corpulento, hermoso jinete en espléndido caballo blanco. Son descripciones deformantes, que tratan de ocultar al hombre para mitificar al héroe. Además, en el fondo de ellas late un prejuicio racista, que considera inferior a todo hombre de piel morena. Así, el ser que muestran esos retratos es un héroe digno de la historia de Europa y de la raza europea, cuando ciertamente fue todo lo contrario: el héroe de un mundo nuevo, que buscaba negar a Europa para nacer a la historia. En cuanto a su raza, él mismo se proclamó  mestizo y muchas veces explicitó su repudio al racismo y a toda forma concreta de segregación racial.

De temperamento nervioso y genio vivaz, tenía siempre el espíritu listo para la acción, fuese esta militar o política, social o diplomática. En el combate, se destacaba entre sus hombres por su impetuosidad y arrojo temerario, y también porque era ambidextro y usaba alternativamente las dos manos para manejar la espada. En la única batalla que dirigió en el actual Ecuador, fue su ímpetu personal lo que decidió el triunfo. Empero, ese hombre nervioso, cuya sensibilidad se tensaba como la cuerda de un violín, había aprendido a domeñar su natural temperamento y a cultivar los dones andinos de la paciencia y la constancia, cualidades que terminaron por garantizarle el triunfo y la gloria.

Bolívar tenía una cabeza formidablemente organizada. Cada idea, cada opinión, cada disposición que salía de sus labios o de su pluma, correspondía en teoría a uno de los principios filosóficos que normaban su vida y en la práctica a uno de los requerimientos militares o administrativos de su acción política. Entre sus miles de órdenes, decretos o resoluciones gubernamentales no hubo ninguno hecho al azar o que no poseyera un destino preciso; hubo, sí, disposiciones erradas, pero jamás resoluciones titubeantes e inseguras.

También tenía siempre la palabra precisa para cada circunstancia, igual cuando daba órdenes a sus soldados que cuando galanteaba a una mujer, cuando escribía un trascendental discurso político que cuando redactaba una carta de amor. Manuela Sáenz, probablemente la persona que lo conoció más a fondo, relató en sus memorias que hablaba de modo cautivante y tenía una cultura excepcional, pudiendo hablar igual en francés que en español y citar con soltura a autores clásicos o contemporáneos. Es así que en sus escritos hay numerosas referencias a autores griegos y romanos. Entre los autores contemporáneos prefería a los franceses e ingleses, aunque también le atraía la literatura española. Hijo de la Ilustración, gustaba mucho de leer y citar a Voltaire, Montesquieu y Rousseau, así como a Racine, Boileau y D’Alembert.

En la vida social tenía la palabra pronta, la risa fácil, el pie ligero para el baile. No bebía, pero tomaba una o dos copas de vino en la comida, con las que gustaba de brindar; con frecuencia aprovechaba los banquetes o comidas para hacer uno o varios brindis, muchas veces subiéndose entusiastamente a la silla o a la mesa. Pero lo suyo no era el brindis por el brindis, sino el ejercicio de la oratoria como una cátedra de civismo y de enseñanza política. Así, en cada uno de sus brindis, según el uso masónico, rendía culto a una alta entidad, exaltaba una idea, proclamaba un mérito o invitaba a un esfuerzo. Era un modo muy suyo de educar al pueblo, de comunicar sus ideas, de convocar a las voluntades individuales para los grandes empeños nacionales.

Hombre del trópico americano, gustaba del constante contacto social, de la música y de las fiestas. Ahí donde pernoctaba su ejército, inmediatamente se armaban bailes nocturnos, en los que el héroe y sus oficiales se divertían, además de tomar contacto próximo con la población  local y establecer lazos de fraternidad con el pueblo. La verdad es que le encantaba el baile y él mismo se consideraba un gran bailarín. “El baile es la poesía del movimiento”,  decía, e instruía que se enseñase a los jóvenes su práctica, aduciendo que “da la gracia y la soltura a la persona, a la vez que es un ejercicio higiénico en climas templados”.

Sin habérselo propuesto fue un notable intelectual y sus innumerables apreciaciones del mundo de su tiempo lo revelan paralelamente como un político sagaz, como un acucioso sociólogo y como un formidable escritor, a la vez realista y utopista. Y eso que nunca tuvo tiempo para deleitarse en escoger las palabras y pulir los conceptos, pues todos sus escritos estuvieron inspirados por la urgencia de la lucha o la prisa de la creación.

Era un adelantado de la democracia en medio de las ruinas del absolutismo. Pudo haber optado por otra vía para la consecución de sus fines libertarios. En una sociedad acostumbrada a obedecer a un soberano absoluto, simplemente pudo haberse proclamado emperador, como lo hicieron Napoleón, en Francia e Iturbide, en México, y como lo sugerían sus mismos colaboradores. O pudo haber impuesto un despotismo ilustrado y magnánimo, recibiendo a cambio la fidelidad y gratitud de su pueblo.

Pero él era un republicano a muerte, un hijo de la revolución y no estaba dispuesto a ceñirse una corona y a fundar una monarquía del trópico, con corte ostentosa y profusión de lacayos y bufones. Así que escogió el camino más difícil, para él y para los pueblos: el camino de la democracia. Difícil porque, tras siglos de absolutismo, los pueblos carecían de todo asomo de civismo, de toda capacidad de autoconducción. Por eso puso especial interés en la educación del pueblo, convencido de que “un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción”.

Alguien podrá preguntarse: ¿por qué esa preocupación de Bolívar por regenerar el espíritu público y por lograr que los ciudadanos abandonasen el vicio y cultivasen la virtud? Es que era masón desde los tiempos de su juventud, cuando se inició en la logia “Lautaro” de Cádiz (1803), perteneciente a la Gran Logia Hispanoamericana, fundada por Miranda. Más tarde adquiriría los grados de Compañero (1805) y Maestro (1806) en la logia Saint Alexandre D'Escosse, de París.

Por ello, poseía una formación masónica, centrada en la doctrina de la autoperfección espiritual del hombre, y de ella había aprendido a combatir la corrupción y el fanatismo, y a cultivar la justicia, el altruismo y la solidaridad humana. Siendo él mismo un “hombre libre y de buenas costumbres”, aspiraba a que los demás hombres también lo fueran, tanto por su propio esfuerzo como por la acción de la sociedad y del Estado. Por otra parte, el Libertador estaba convencido de que la moralización del espíritu ciudadano era indispensable para el sustento y progreso del país. “Moral y luces son los polos de una República -decía-; moral y luces son nuestras primeras necesidades”.  Y agregaba que un Estado no se sustentaba en las leyes  sino en el espíritu de los hombres.

Hombre de carne y hueso, también tuvo defectos, aunque sus virtudes los superaban largamente. Era en extremo tolerante con los humildes y débiles, a los que buscaba ayudar y proteger, pero era duro e intolerante con los déspotas, prepotentes y fatuos, y también con los inmorales e irresponsables. Despreciaba en extremo a los viciosos, especialmente a los ebrios y jugadores, de los que decía que estaban dispuestos a causar su propia destrucción y la ruina de sus familias con tal de mantener su vicio. No fumaba ni permitía que se fumara en su presencia.

Como guerrero era temible y no cejaba hasta derrotar al enemigo. En la terrible época inicial de la independencia, derrotado sucesivamente por las tropas realistas y acosado por la feroz insurrección social de los llaneros, que masacraban a todo aquel que tuviera la cara blanca, impuso la norma de no dar ni pedir cuartel al enemigo.

Era vanidoso en extremo, pero cultivaba una vanidad muy singular, que no radicaba en la apariencia personal o la ostentación de la riqueza, sino en la permanente búsqueda de gloria. A veces, eso lo hacía aparecer como un ambicioso e incluso como un loco, puesto que el héroe de Colombia la Grande no andaba tras las ventajas comunes de un vencedor –la riqueza, la molicie– sino tras gloria y más gloria. Por eso, sus enemigos le decían “El loco”.  Como “el loco de Colombia” lo conocían los diplomáticos norteamericanos, que estimulaban a esos enemigos. Pero los pueblos le decían “Padre”, “Libertador”, “Protector” y confiaban ciegamente en sus orientaciones, porque lo sabían noble y desinteresado hasta el extremo límite.

En fin, esa ansia de gloria lo protegió de las tremendas ambiciones con que lo tentaron sus esbirros y aun muchos de sus buenos amigos, que buscaban coronarlo como emperador. Entonces fue que dijo que no iba a cambiar el título de Libertador que le habían concedido los pueblos, “el más alto posible de la especie humana”,  por una corona cualquiera.

¿Y qué decir de su proverbial generosidad, de ese desinterés por la riqueza que le hizo renunciar a las haciendas, dinero y joyas que le obsequiaron los pueblos agradecidos? Baste señalar que inició la guerra de independencia siendo uno de los herederos más ricos de Hispanoamérica, propietario de haciendas, plantaciones y minas de oro, y que terminó sus días en total pobreza, al punto de ser amortajado con una camisa ajena.