ESPEJO,

LA MASONERIA Y LOS MOVIMIENTOS

PRECURSORES DE LA INDEPENDENCIA

La Masonería llegó a tierras hispanoamericanas en las últimas décadas del siglo XVIII, junto con las ideas de la Ilustración, y prontamente se convirtió en una avanzada del pensamiento libre, ahí donde hasta entonces reinaba el más general oscurantismo, en virtud de la intolerancia ideológica impuesta por la Iglesia y la acción persecutoria de la Inquisición contra toda forma de pensamiento diferente al catolicismo oficial.

Como ha escrito la historiadora española Iris M. Zavala,

"En el siglo XVIII la Masonería (fue) apóstol de la ciencia y el progreso. Al combatir el culto a la tradición y fomentar la libertad de pensamiento, preparó el camino de la revolución política que se produjo más tarde. Ya difundidas las teorías igualitarias y sociales entre los grupos de poder, dejaron de ser privativas de la nobleza y de la élite, pasando al dominio de la burguesía y de la juventud. Una vez establecido como grupo en el poder, el Oriente masónico enajenó a la burguesía liberal, cuyos jóvenes crearon sus propias asociaciones... Ellos defendieron como principio vital la libertad e igualdad de los ciudadanos, poniendo así en marcha el concepto de democracia popular":

La Masonería y las ideas liberales llegaron a la Audiencia de Quito, así como al resto de Hispanoamérica, por varios medios: a través de las rutas de comercio, por boca de ciertos revolucionarios españoles desterrados a las Indias, como Juan Bautista Picornell, y también a través de algunos científicos europeos que expedicionaron hacia el Nuevo Mundo, tales como Juan José D'Elhúyar, José Celestino Mutis y Alejandro de Humboldt.

En cuanto hace referencia al comercio, fue particularmente importante la ruta mercantil entre Cartagena–Honda–Quito, por la cual hay evidencia de que transitaron no solo mercancías y tesoros sino también ideas y libros, gracias a la acción de comerciantes ilustrados como el quiteño Juan Pío Montúfar y Larrea, segundo Marqués de Selva Alegre, y el santafereño Antonio Nariño, quienes compartían intereses, ideas y valores, y llegaron a constituirse en corresponsales de comercio y estrechos amigos. Lo singular del caso es que estos dos amigos, actuando de consuno, fundaron las primeras logias masónicas en Santafé de Bogotá y Quito, en su orden, y más tarde se convirtieron en líderes de los primeros movimientos insurgentes de Quito y la Nueva Granada.

La logia bogotana de Nariño, llamada "El Arcano Sublime de la Filantropía", se constituyó en los años ochentas, con la ayuda de ciertos notables hombres de ciencia españoles enviados a Santafé de Bogotá, quienes secretamente pertenecían a la Masonería. Uno de ellos fue el mineralogista Juan José D'Elhúyar y otro el sabio naturalista José Celestino Mutis, que fundara toda una escuela de pensamiento científico en la Nueva Granada.

Especialmente importante fue el papel de Elhúyar, químico logroñés interesado en diversas ciencias, que había escuchado "los más repetidos vítores por todas las Academias de Europa" y que llegó a Bogotá en 1784, después de haber estudiado las minas de Alemania, Bohemia y Hungría y haber visitado las fábricas de cañones en Suecia y Noruega. Ya en Nueva Granada, a donde llegó para estudiar las minas de la provincia de Mariquita, trabajó en coordinación con otro francmasón español, el botánico José Celestino Mutis, notable divulgador del espíritu científico en Quito y Nueva Granada, y juntos iniciaron en el ideario de la fraternidad masónica a algunos jóvenes ilustrados del virreinato, quienes finalmente integrarían la logia "El Arcano Sublime de la Filantropía".

Comentando la creación de la logia de Nariño, ha escrito el historiador Eduardo Ruiz Martínez:

“La francmasonería, vínculo de moda entre los intelectuales europeos, es una receta inglesa, con ingredientes franceses, para exportar la revolución. Los venerables maestros recorren el mundo ayudados y protegidos por sus "hermanos". Irreversibles causas históricas, sociológicas y económicas están señalando que la independencia de las colonias americanas es una realidad a corto plazo. Los objetivos secretos de esta sociedad son, pues, los de trabajar en forma decidida por la emancipación de la colonia.”

Esa primera logia neogranadina empezó a funcionar en la casa que Nariño había adquirido en la plazuela de San Francisco. Allí estaba instalado el negocio de librería que mantenía Nariño, en el cual se compraban, vendían, intercambiaban y prestaban libros y papeles periódicos nuevos y usados. Y allí funcionaba también un Círculo Literario, que en realidad era una organización que servía de tapadera a la logia francmasónica, que se reunía en una habitación interior decorada adecuadamente y conocida por “El Santuario”.

“A tales tenidas pueden entrar sólo unos pocos iniciados: su cuñado (de Nariño) el abogado José Antonio Ricaurte y Rigueiro, custodio de los estatutos de la sociedad secreta; José María Lozano y Manrique, hijo del marqués de San Jorge; los Azuola: José Luis, fundador del Correo Curioso, y Luis Eduardo, prócer de la independencia; el antioqueño Juan Esteban Ricaurte y Muñiz, padre del héroe de San Mateo; su íntimo amigo Francisco Antonio Zea; el canónigo Francisco Tovar; el abogado, prócer y mártir boyacense José Joaquín Camacho y Lago; el también abogado Andrés José de Iriarte y Rojas, a más de los franceses Rieux y Froes, de Pedro Fermín de Vargas, del quiteño Espejo también precursores y algunos otros "ilustrados" de avanzada.”

En opinión del destacado historiador Antonio Cacua Prada, Vicepresidente de la Academia Colombiana de Historia, “allí se conspiró, se habló de revolución, de independencia, de libertad, se estudiaron las constituciones de los Estados Unidos de América y de Francia, como también los Derechos del Hombre y del Ciudadano.” Precisamente fue en esta logia donde se iniciaron masones los quiteños Juan Pío Montúfar y Eugenio Espejo. Y fue en ese ambiente intelectual donde Espejo concibió y redactó su famoso "Discurso sobre la Escuela de la Concordia", publicado en Santafé de Bogotá, en 1789, en la imprenta de don Antonio Espinosa de los Monteros, con el auspicio económico de Montúfar, su amigo, paisano y hermano masón.

En general, debió ser muy rico en resultados intelectuales y políticos ese contacto y convivencia entre los patriotas de ambos países, puesto que el aporte de cada uno de ellos resultaba importante para la constitución de esa emergente ideología nacional americana. Al decir de Cacua, “en comunión de ideales, ecuatorianos y neogranadinos empezaron a planear y estudiar la forma para conseguir la libertad e independencia de sus patrias:

En 1792, tras volver a su país natal, Espejo y Montúfar se abocaron a la tarea de constituir efectivamente la "Escuela de la Concordia", concebida como una sociedad secreta, destinada al cultivo del pensamiento libre y la fraternidad masónica. Contaron para ello con la colaboración de otros dos masones quiteños, iniciados en el Oriente de Francia: Miguel de Gijón y León, Conde de Casa Gijón, y su sobrino Joaquín Sánchez de Orellana, Marqués de Villa Orellana. Según señala Jorge Carrera Andrade, esa organización “llegaría a contar con veintidós miembros y veintiséis socios correspondientes y formaría, en 1789, el núcleo de la Sociedad Económica de Amigos del País. Naturalmente, el sagaz y activo conde (Gijón) fue el primer Presidente de la revolucionaria “Escuela...”, taller, logia y almáciga de los futuros próceres y mártires de la emancipación de la colonia”. Eugenio Espejo –intelectual brillante, pero de escasos recursos económicos y de modesta extracción social– fue designado Secretario de la entidad.

Mas el esfuerzo no quedó ahí. Siguiendo el modelo de las sociedades patrióticas europeas, esos iniciales masones quiteños buscaron constituir una organización pública, en la que pudieran participar otros individuos no iniciados en la Masonería, para promover las ideas de progreso social. Nació así la "Sociedad Patriótica de Amigos del País" de Quito, que juntó a patricios quiteños y altos funcionarios coloniales; fue su Presidente al mismo que lo era de la Audiencia, el general Luis Muñoz de Guzmán, su Vicepresidente el progresista obispo José Pérez Calama y su Secretario el sabio doctor Espejo, quien quedó también encargado de la redacción y publicación del primer periódico quiteño, llamado "Primicias de la Cultura de Quito".

Pese a su vida efímera, que no rebasó los siete primeros números, "Primicias..." marcó un importante hito en la historia social y política de nuestra patria y señaló al pensamiento y la cultura quiteños las rutas conducentes a la independencia nacional. Precisamente en las páginas del primer número de "Primicias..." Espejo dejó sentadas esas pautas y perspectivas patrióticas, al afirmar:

"Vamos en derechura a nuestro objeto, que es insinuar que no puede llamarse adulta en la literatura, ni menos sabia a una nación, mientras con universalidad no atienda ni abrace sus verdaderos intereses; no conozca y admita los medios de encontrar la verdad; no examine y adopte los caminos de llegar a su grandeza; no mire, en fin, con celo, y se entregue apasionadamente, al incremento y felicidad de sí misma, esto es del Estado y la sociedad".

La extinción temprana de la "Sociedad Patriótica de Amigos del País" de Quito, por falta de la real aprobación para sus estatutos, fue seguida de la prisión y muerte del revolucionario doctor Espejo y del enjuiciamiento de Gijón por la Inquisición limeña, lo que provocó la fuga de éste hacia Europa por las selvas del Amazonas y finalmente su muerte en la ruta de tránsito. Todo ello contribuyó para el ocaso de la "Escuela de la Concordia", pero no impidió que Juan Pío Montúfar organizase en Quito, hacia los últimos años de aquel siglo, una logia masónica nombrada "Ley Natural", que tenía igualmente fines patrióticos. Formaron filas en ella el Barón de Carondelet, Presidente de la Audiencia entre 1797 y 1806, así como una pléyade de patricios quiteños: Joaquín Sánchez de Orellana, Marqués de Villa Orellana y rector de la Real y Pública Universidad de Santo Tomás, José Mejía, notable botánico y cuñado del difunto doctor Espejo, José Javier Ascásubi, José y Manuel Matheu, Víctor Félix de San Miguel y José y Andrés Fernández Salvador. A ellos se agregaron dos intelectuales americanos avecindados en la ciudad y afamados por su inteligencia y patriotismo: el neogranadino Juan de Dios Morales y el altoperuano Manuel Rodríguez de Quiroga.

Era un selecto grupo de intelectuales y aristócratas criollos, imbuidos del espíritu de la Ilustración y muchos de ellos graduados en la joven Universidad Real y Pública de Santo Tomás de Aquino. Dos de ellos, José Mejía y José Matheu, viajaron a España en 1805, con auspicio del Presidente Carondelet, a continuar sus estudios, y allá se integraron posteriormente a la logia "Integridad" Nº 7 de Cádiz, donde fueron introducidos por el general Francisco Javier Castaños, cuñado de Carondelet y masón de alto grado. Años después de su llegada a España, estos dos personajes fueron designados diputados a las Cortes de Cádiz, donde brillaron con luz propia y se relacionaron con los líderes del liberalismo español e hispanoamericano. Los demás continuaron en Quito y colaboraron con el progresista gobierno de Carondelet en la búsqueda de soluciones para los problemas del país quiteño, que iban desde el desaseo urbano hasta la falta de ºuna ruta de salida al mar, que facilitara la exportación de productos andinos y orientales.

Durante el gobierno de Carondelet, la logia "Ley Natural" se convirtió en una verdadera academia del pensamiento patriótico, donde la elite intelectual del centro quiteño, estimulada por la crisis y la sobreexplotación colonial, logró desarrollar una avanzada conciencia sobre el destino histórico de su país. Múltiples relaciones y memoriales enviados a la corona, a propósito de plantear soluciones para la crisis económica de Quito, muestran que esta elite regional conocía mejor que nadie sus propios problemas y buscaba soluciones que iban mas allá de los límites fijados por la dependencia colonial. Era general, por ejemplo, el reclamo de una política proteccionista para las manufacturas supervivientes a la crisis o la aspiración de que ciertas instituciones o dependencias administrativas locales tuviesen mayor autonomía frente a sus superiores de la capital virreinal. Y esas preocupaciones estimularon al Presidente Carondelet a solicitar al gobierno de Madrid que la Audiencia de Quito fuera elevada al nivel de Capitanía General –como Cuba, Guatemala o Chile– para liberarla de la dependencia que tenía respecto de los virreinatos de Nueva Granada y el Perú.